En procesos de coaching o terapéuticos, he visto algo que se repite una y otra vez: muchas veces lo que parece enorme y casi insolucionable, se vuelve más claro y manejable cuando lo ponemos por escrito.
Escribir no es solo tomar notas. Es darle forma a lo que pensamos, bajar la velocidad de la mente y ver en blanco y negro aquello que parecía un torbellino.
Incluso, recuerdo, cuando me han dicho “no lo había visto de esta forma”… y cuando lo escriben, lo miran distinto. Porque en ese acto simple aparece perspectiva, claridad, y, sobre todo, la posibilidad de decidir qué hacer con eso que está frente a sus ojos.
No siempre necesitamos grandes respuestas. A veces basta con un lápiz, un papel y darnos el espacio para escucharnos a través de lo que escribimos (y si es con un café, qué mejor)


