Controlar lo que sentimos

Controlar lo que sentimos: cuando la solución se convierte en el problema

Todos intentamos controlar, regular o disminuir emociones incómodas. Y eso, por sí mismo, no tiene nada de extraño.

Respiramos antes de una conversación difícil. Nos distraemos un rato cuando algo nos preocupa demasiado. Pensamos lo que queremos decir antes de una reunión importante. Evitamos temporalmente un tema cuando sentimos que todavía no estamos preparados para enfrentarlo.

Muchas de esas estrategias pueden ayudarnos.

El problema aparece en otro lugar: cuando aquello que comenzó como una forma puntual de sentirnos mejor empieza, poco a poco, a organizar nuestra vida.

Entonces aparece una pregunta que puede ser incómoda, pero también muy útil:

¿Qué estoy dejando de hacer para no sentir eso que no quiero sentir?

Regular no es lo mismo que evitar sentir

Es importante hacer una distinción. No todo intento de modificar cómo nos sentimos es problemático.

Regular nuestras emociones implica contar con distintas maneras de responder a lo que sentimos y poder elegir entre ellas según la situación. A veces necesitamos calmarnos. Otras veces distraernos. A veces conversar con alguien, tomar distancia, escribir, descansar o simplemente esperar.

El problema no está necesariamente en la estrategia, sino en su rigidez.

Cuando una sola respuesta —evitar, revisar, controlar, anticipar, distraerse constantemente— comienza a aparecer frente a prácticamente cualquier señal de malestar, podemos terminar dedicando cada vez más energía a asegurarnos de que una emoción no aparezca.

Y ahí algo cambia: ya no estamos solamente cuidándonos frente a una emoción difícil. Estamos empezando a construir nuestra vida alrededor de ella.

Cuando la vida empieza a hacerse más pequeña

Pensemos en algunos ejemplos cotidianos.

Una persona siente ansiedad frente a ciertas reuniones y comienza a evitarlas siempre que puede. Otra revisa muchas veces un mensaje antes de enviarlo porque necesita disminuir la posibilidad de equivocarse. Alguien evita una conversación importante porque teme sentirse rechazado. Otra persona llena cada minuto libre porque quedarse en silencio podría conectarla con una pena que todavía duele.

En cada caso hay una lógica comprensible: la conducta busca disminuir malestar.

Y probablemente lo consiga, al menos por un momento.

Pero si para sentir alivio necesitamos evitar cada vez más situaciones, comprobar cada vez más veces o reducir progresivamente aquello que estamos dispuestos a hacer, el costo empieza a crecer.

Entonces la pregunta deja de ser solamente cuánto malestar produce la emoción y pasa a ser cuánto espacio vital estamos entregando para no sentirla.

Eso es especialmente importante porque el alivio inmediato puede hacernos pensar que la estrategia sigue funcionando, aun cuando a largo plazo nuestra libertad sea cada vez menor.

La paradoja del control

Hay algo paradójico en intentar controlar de manera permanente nuestra experiencia emocional: cuanto más importante se vuelve no sentir algo, más atentos tenemos que estar a cualquier señal de que esa emoción pueda aparecer.

Comenzamos a monitorearnos.

¿Estoy ansioso? ¿Ya se me pasó? ¿Y si vuelve? ¿Qué hago para que no aumente?

Así, una emoción que originalmente ocupaba una parte de nuestra experiencia puede terminar ocupando mucho más espacio, no necesariamente porque sea más intensa, sino porque estamos permanentemente pendientes de ella.

Desde una mirada psicológica, podemos pensar esto en términos de evitación experiencial: los esfuerzos que hacemos para escapar, modificar o evitar experiencias internas que consideramos desagradables. El concepto no implica que toda evitación sea negativa. El problema aparece cuando se vuelve rígida y empieza a alejarnos de actividades, vínculos o decisiones que son importantes para nosotros.

Por eso, el objetivo no es eliminar todo intento de control. Es recuperar flexibilidad.

¿Cómo reconocer que una estrategia dejó de ayudar?

No existe una fórmula exacta, pero algunas preguntas pueden ayudarnos a mirar nuestras propias estrategias con mayor perspectiva:

  • ¿Necesito hacer cada vez más cosas para conseguir el mismo alivio?
  • ¿Estoy evitando situaciones que antes formaban parte de mi vida?
  • ¿Cuánto tiempo dedico a revisar, anticipar, comprobar o intentar asegurarme de que todo esté bien?
  • ¿El alivio que consigo dura cada vez menos?
  • ¿Hay decisiones que estoy postergando hasta sentirme completamente seguro, tranquilo o preparado?
  • ¿Qué cosas importantes para mí estoy dejando fuera para no experimentar una emoción incómoda?

No se trata de contestar estas preguntas para juzgarnos. Muchas de estas estrategias aparecieron porque, en algún momento, fueron útiles. Mirarlas permite preguntarnos si todavía cumplen esa función.

De controlar a recuperar flexibilidad

Cuando una estrategia se ha vuelto rígida, la alternativa no consiste simplemente en hacer exactamente lo contrario ni en obligarnos a soportar cualquier emoción.

Podemos empezar por algo mucho más pequeño: observar.

Notar qué emoción aparece, qué hacemos inmediatamente para intentar modificarla y qué conseguimos con esa conducta a corto y a largo plazo.

Podemos preguntarnos: “¿Esto que estoy haciendo me está ayudando a acercarme a la vida que quiero o solamente me ayuda a no sentir algo durante los próximos minutos?”

Esa diferencia puede parecer pequeña, pero cambia bastante la mirada.

Porque una vida emocional saludable no es una vida sin ansiedad, pena, miedo, rabia o incertidumbre. Tampoco es una vida en la que simplemente nos resignamos a sentir.

Es una vida donde contamos con distintas formas de relacionarnos con aquello que sentimos y donde nuestras emociones pueden acompañarnos sin tener que decidir siempre por nosotros.

Un ejercicio para observar, no para controlar más

Durante un día, puedes elegir una conducta que utilizas cuando aparece una emoción incómoda: revisar, evitar, anticipar, distraerte, pedir confirmación o cualquier otra que reconozcas.

En vez de intentar eliminarla, simplemente registra tres cosas: qué estabas sintiendo, qué hiciste para sentirte mejor y qué efecto tuvo esa estrategia unos minutos después.

Después agrega una cuarta pregunta:

¿Qué habría elegido hacer en ese momento si no hubiera necesitado sentirme mejor primero?

El objetivo no es forzarte a cambiar inmediatamente. Es comenzar a distinguir entre una estrategia que eliges y una estrategia que, casi sin darte cuenta, empieza a elegir por ti.

Para seguir pensando

¿Qué emoción llevas mucho tiempo intentando que no aparezca?
¿Qué estás dejando de hacer para evitar sentirla?
¿Qué parte de tu vida podría volver a crecer si esa emoción pudiera estar presente sin tener que controlarla todo el tiempo?

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