¿Qué pasaría si dejaras de intentar tener siempre la razón en una reunión?

Dos colegas discutiendo en la oficina: él insiste en tener la razón y ella se cruza de brazos

Estás en una reunión y alguien propone algo con lo que no estás de acuerdo. Podrías dejarlo pasar, no cambia demasiado el resultado final… pero algo dentro te empuja a intervenir, a explicar por qué esa no es la mejor opción, a asegurarte de que quede claro tu punto de vista.

Terminas la reunión sintiendo que aportaste. Pero vale la pena preguntarse qué fue lo que realmente aportaste: ¿una mejora al resultado, o la certeza de que tu idea fue la que se impuso?

Aportar y tener la razón no son lo mismo

Es fácil confundir ambas cosas porque a veces coinciden. Hay momentos en que sostener tu punto efectivamente mejora la decisión, evita un error, agrega información que faltaba. Ahí, defender tu posición aporta valor real.

Pero hay muchas otras veces en que la corrección no cambia el resultado de manera significativa. Cambia, eso sí, quién queda con la razón. Y ese matiz, que parece pequeño, es el que determina si estás aportando o si solo estás necesitando ganar.

Necesitar tener la razón suele costar más en vínculo de lo que aporta en resultado.

Dónde aparece el costo

El problema de necesitar tener la razón es que el costo no se ve en la misma reunión. En el momento, incluso puede sentirse como una victoria: lograste que se hiciera como proponías, quedó claro tu criterio, la conversación se resolvió a tu favor.

El costo aparece después, y aparece en otro lado. Aparece en la próxima idea que esa persona no propone, porque la última vez sintió que daba lo mismo opinar. Aparece en el silencio de alguien que prefiere no discutir contigo porque sabe cómo termina. Aparece en la energía que un equipo deja de poner en proponer, porque aprendió que el espacio realmente lo ocupa quien más insiste en tener razón.

Desde una mirada psicológica, esto se entiende bien: las personas dejan de arriesgarse cuando el costo de equivocarse o de discrepar es más alto que el beneficio de intentarlo. Si cada vez que alguien propone algo distinto termina en una discusión donde hay que defender su punto hasta el final, en algún momento deja de proponer. No por falta de ideas, sino porque aprendió que no vale la pena el desgaste.

Por qué cuesta tanto soltar

Dos colegas en desacuerdo gesticulando sobre un escritorio con documentos

Soltar la necesidad de tener la razón no es fácil, y no es porque las personas sean necias por naturaleza. Muchas veces esa necesidad viene de un lugar legítimo: ser reconocido por lo que uno sabe, sentir que el criterio propio tiene peso, no querer que una mala decisión se tome por no haber dicho nada.

El asunto es que esa necesidad, cuando se vuelve automática, deja de distinguir entre las situaciones donde realmente importa sostener el punto y las situaciones donde solo importa la sensación de haber ganado. Y esa distinción es precisamente la que vale la pena empezar a notar.

En mi práctica, he visto reuniones donde el problema no era la falta de buenas ideas, sino que cada intercambio se convertía en una pequeña disputa por quién tenía razón. El equipo tenía criterio de sobra, pero se estaba gastando en el lugar equivocado.

Lo que cambia cuando dejas pasar una discusión

Ceder cuando no es indispensable no significa dejar de opinar ni estar de acuerdo con todo. Significa distinguir entre las veces que sostener tu punto mejora algo concreto, y las veces que solo satisface la necesidad de no quedar con la sensación de haber perdido.

Un equipo donde las personas pueden proponer sin que cada desacuerdo se convierta en una disputa por tener razón, sigue arriesgándose a opinar. Sabe que una idea puede no prosperar sin que eso signifique que la persona perdió algo. Esa diferencia, sostenida en el tiempo, cambia la cantidad y la calidad de las ideas que circulan en un equipo.

Algo para probar en tu próxima reunión

Hay una forma simple de empezar a notar esto, y puedes probarla en tu próxima reunión de trabajo: la próxima vez que sientas la urgencia de corregir o de defender tu punto, detente un segundo y pregúntate si esa corrección cambia algo importante en el resultado, o si solo cambia quién queda con la razón.

Si la respuesta es que sí cambia algo relevante, adelante, sostén tu punto, para eso sirve. Pero si te das cuenta de que lo único que cambiaría es tu propia sensación de haber tenido razón, prueba dejarlo pasar esa vez, y observa qué pasa con la conversación que sigue.

No hace falta hacerlo siempre. Basta con probarlo una vez, en una reunión concreta, para empezar a notar cuánto de lo que defendemos realmente importa, y cuánto es solo necesidad de ganar.

Para seguir pensando

¿En cuál de tus últimas reuniones necesitaste tener la razón sin que eso cambiara el resultado?

¿Qué pasaría si, en tu próxima reunión, dejaras pasar una discusión que normalmente no dejarías pasar?

¿Hay alguien en tu equipo que dejó de proponer ideas después de sentir que siempre perdía la discusión contigo?

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